lunes, 14 de enero de 2013

REFLEXIONES DE JOSEP PÁMIES ACERCA DE "EL SISTEMA"


PARA QUE LUCHAR CONTRA EL SISTEMA, SI EL SISTEMA SOMOS TODOS

(Para visitar el blog de Pámies:  http://joseppamies.wordpress.com/)


Nosotros obedecemos ciegamente y votamos disciplinada-mente cuando dicen que toca, a políticos que decimos son unos corruptos.
Les criticamos que tengan ahorros en paraísos fiscales, etc
Pero nosotros, la mayoría de los miembros de esta  Sociedad:
–Invertimos nuestros ahorros (cuando los tenemos) en la entidad bancaria  o en el negocio que nos de mas rentabilidad sin preguntar como se obtiene esta rentabilidad.
–Pedimos favores a algún político “corrupto” para que nos coloque a un familiar.
–Aspiramos a cambiar de coche cuanto antes y nos olvidamos de la bicicleta.
–No queremos aire , agua y alimentos contaminados y con nuestra actividad diaria desmedida,  no paramos de contaminar.
–Compramos productos de China o de IKEA porque son mas baratos y exigimos empleo donde no se produce lo que consumimos.
–La competitividad nos provoca estrés  y en cambio queremos que nuestro equipo de fútbol favorito sea “competitivo” y humille a sus adversarios.
–Tenemos miedo a la muerte y fumamos, bebemos y tomamos drogas  como locos.
–No queremos la guerra y toleramos la que se impone a los demás.
¿ En verdad el sistema o la Sociedad esta enferma , o somos todos y cada uno de nosotros los que estamos desorientados y damos palos de ciego de forma totalmente incoherente?.
Creo que son momentos de retro-inspección hacia nuestro interior y no es porque sean unas fechas, que para la comunidad cristiana,  invitan a ello, sino porque estamos llegando al final de un ciclo donde nos estamos dando cuenta de  que habitamos en un Planeta finito, donde el crecimiento continuo es imposible.
Nuestras vidas, las de cualquier animal o planta, nos indican que hay un momento para nacer, crecer, mantenerse, decrecer, morir y volver a renacer.
A nivel global, en nuestro Planeta como organismo viviente que es, también ocurre lo mismo. Partes del Planeta, Países diferentes, iniciamos un recorrido (creíamos de éxito) con fases de “crecimiento” tan solo económico y ahora estamos ya  en la fase de decrecimiento, esperando el desenlace, para volver a renacer.
Otras partes del Planeta en cambio están en sus fases “gloriosas” de crecimiento (China, India, Brasil….), pero en todas ellas como nos pasaba a nosotros anteriormente, en plena fase de crecimiento, también hay desequilibrio y sufrimiento.
El Equilibrio global conocido consiste en esto (sea con un modelo  económico u otro conocido), nacer, crecer, mantenerse, decrecer, morir y renacer y esto se va reproduciendo por barrios. Unas veces somos imperio y otras somos sometidos por otros imperios.
 La NATURALEZA en mayúsculas nos recuerda pues cada día que el crecimiento continuo es imposible.
Si quisiéramos superar este modelo que tanto sufrimiento esta provocando a millones de seres humanos continuamente y durante todos los tiempos, solo hay que desear a los demás  lo mismo que deseas para ti mismo. Y no solamente desearlo sino hacer lo posible para que así sea.
Nacer, morir y renacer, es lo único que no podremos evitar, pero intentemos vivir las demás fases de nuestra existencia con dignidad.
La competitividad es equivalente a muerte prematura y guerra. Es un modelo  que se basa en  triunfar en todos los niveles siempre, a costa de los demás para poder sobrevivir.
Nunca en la historia de la Humanidad tantos conocimientos científicos y o tecnológicos permiten producir  con tan poco esfuerzo humano físico.
Nunca en la Humanidad habíamos tenido mecanismos de creación de riqueza tan enormes.
¿Y para que sirve tanta creación de riqueza si la única forma de obtenerla por la mayoría de humanos , es trabajando en actividades en las que la ciencia ha hecho innecesario al hombre?.
De que sirve acumular tanta riqueza en pocas manos?
      –¿Solo para crear esclavitud y dependencia?
     –¿Solo por ansia de Poder?.
    –¿O porque los seres humanos  no sabemos organizarnos de otra manera?

Básicamente creo que  es miedo a perder el poder por quien tradicionalmente lo viene ostentando.
Si el miedo a la represalia de las multitudes por lo que ha acontecido hasta hoy desapareciera, otro mundo seria posible.
Abogo pues por el perdón hacia aquellas personas o familias que durante decenios o milenios les ha tocado la parcela de administrar el poder.
O es que acaso la mayoría que ha padecido el abuso de poder no hubiera deseado estar en la situación de dominador?
Es aquí donde radica el nudo de la cuestión, pasemos página y seamos capaces de crear otra forma de evolucionar y no la que predico Darwin y a la que se han acogido los modelos económicos  neo liberales mas extremos. Evolucionamos gracias a la cooperación no a la competitividad.
Porque si somos capaces de crear riqueza sin la intervención física  del hombre, ¿para que alargar la jornada laboral o la edad de jubilación?.
–Vamos a compartir y no ha competir. (Nota del blogero: léase "no a competir")
–Vamos a usar los bienes y alimentos de forma mesurada para que lleguen a todos.
–Vamos a hablar claramente (sin la presión de las Religiones) de la responsabilidad a la hora de procrear nuevos seres humanos para no sobrepasar la carga planetaria tolerable de los mismos
–Vamos a compartir,  pero no lo centremos solo en lo económico. Lo más importante es compartir el conocimiento y que podamos usarlo y disfrutarlo en igualdad de oportunidades.
Un paso en este sentido:
–Es la idea de la Economía por el bien común de   Christian Felber.
–O la de  Enric Duran con la Cooperativa integral catalana.
–O la de la Dulce Revolución de las Plantas Medicinales.
– O la de la Banca Ética  COOP57,  FIARE, TRIODOS, etc.
– O la del caso Marinaleda.
–O la de este mexicano anónimo , al que me gustaria conocer.
–Y la de tantos y tantos ejemplos que están mitigando los errores de un Sistema condenado a evolucionar de otra forma a la conocida hasta este momento.

viernes, 4 de mayo de 2012

ZAFFARONI, E.: La cuestión criminal (comprimida) fascículo 7


Los positivistas estaban engañados. Llamaron criminalidad al conjunto de presos. ¿Y los que quedaban impunes qué? Terminaron asociando a los más torpes y con menos poder –que son en definitiva los que siempre terminan enjaulados- con “la” criminalidad.
Algunos exponentes bastante curiosos de este paradigma positivista en criminología:





 - Cesare Lombroso. Médico de Torino, de familia judía. Encuadró sus investigaciones en el marco spenceriano. Es decir, no estaba fuera de la ideología racista generalizada en la segunda mitad del siglo XIX, y que concluyó catastróficamente en la Segunda Guerra Mundial –en los campos de exterminio nazi.
 - Benedict A. Morel, con su “teoría de la degeneración”, según la cual, en razón de que la mezcla de razas humanas combinaba filos genéticos muy lejanos, daba por resultado seres inteligentes pero moralmente degenerados. Y ¡tenía razón! De nuestros gauchos, mestizos, mulatos salieron los ejércitos libertadores. Además, los mestizos siempre fueron más difíciles de domesticar. Pero más allá de la ironía histórica, la “degeneración” de Morel fue un mito que estuvo vigente por mucho tiempo.
 - James Pritchard había expuesto su teoría de la “locura moral” en la línea que señalaba la inferioridad de los criminales y de los colonizados, afirmando que Adán había sido negro y luego sus descendientes se habían ido blanqueando. Suponemos que el pecado original debería imputarse a una raza inferior.
- Franz Joseph Gall creía diagnosticar la criminalidad y la genialidad palpando la cabeza, con su famosa “frenología”.
 - un crítico de la teoría lombrosiana, pero que sin embargo se movía en el mismo marco racista: Alexandre Lacassagne, que atribuía el delito a modificaciones cerebrales del occipital, del parietal y del frontal. Respectivamente, suponían proclividad a delitos de las clases bajas, medias y altas.
 - En Latinoamérica, José Ingenieros (hay un artículo de 1906 titulado “las razas inferiores” en que justifica la esclavitud, por ejemplo) o Raimundo Nina Rodrigues (fundador de la criminología brasileña) combatían también el mestizaje.






La tendencia a deducir caracteres psicológicos a partir de características físicas se remonta a tiempos de Aristóteles. Supone un prejuicio bastante absurdo, que comienza con la clasificación y jerarquización de los animales. El ser humano les atribuyó a los animales virtudes y defectos humanos y conforme a éstos los clasificó y jerarquizó: el perro fiel, el gato diabólico, el burro torpe, el cerdo asqueroso, etc. Así es como coronaron “rey” al oso, a quien lo reemplazó el león, por ejemplo. Pero una vez establecidas estas clasificaciones, hubo quienes pensaron que por la semejanza de algunos hombres con ciertos animales se los podía caracterizar psicológicamente. El juego no podía ser más infantil: 1º clasificaron a los animales con rasgos humanos y luego atribuyeron a los humanos los rasgos que antes habían puesto en los animales.
Lombroso dio a luz un tratado por el cual afirmaba poder reconocer al “criminal nato” y, además, explicarlo. Podemos adivinar que si adjetiva “nato” es porque consideraba que la criminalidad corre por los genes. Y resulta obvio –para Lombroso- deducir que indios o negros lo reproducían en su descendencia. Pero también tenía que explicar la cantidad de hechos criminales dentro de Europa y cometidos por gente blanca. Por un lado, encontraba que se trataba de blancos que nacían “mal terminados”. De ahí deducía una asociación: los mal terminados eran feos. Feos por malos. En los raros casos que los malos no eran feos, pues se trataba de una belleza diabólica.





Las obras de Lombroso traían fotos y dibujos de delincuentes, todos presos o muertos, por supuesto. El error consistía en creer que esa fealdad era causa de delito, cuando en realidad era causa de prisionización. El feo, así, se convertía en el estereotipo del delincuente, del punga, del violento.
Lombroso también encontró indicadores físicos de los “genios”, de los delincuentes “políticos” (anarquistas, por ejemplo) y de las prostitutas.
Vino a la Argentina durante el Centenario –es decir, a cien años de la Revolución de Mayo- el discípulo jurista de Lombroso: Enrico Ferri. Prominente socialista italiano, era también furiosamente positivista. Por ejemplo, el delincuente era para Ferri un agente infeccioso del cuerpo social (lo que convertía a los jueces en leucocitos sociales). Por supuesto hubo otros disparates más. Pero el chiste fue que hicieron escuela acá, en Argentina, entre nuestros prohombres: José María Ramos Mejía, Carlos Octavio Bunge.
Los criminólogos positivistas se dedicaron a recorrer prostíbulos y otros antros de la época y concibieron el concepto de “mala vida”. Universo de prostitutas, fulleros, rateros, religiosos, curanderos, gays, etc. Como resultado de estas andanzas, los positivistas proponían leyes de “estado de peligrosidad predelictual”, o sea, que si se sabía que quien andaba en la “mala vida” habría de desembocar en el delito, lo más natural era detectarlo antes y meterlo preso. ¿Para qué esperar a que hiciera algo malo? Para obviar algunas formalidades le cambiaban el nombre a la pena y la llamaban “medida”, de modo que nadie podría objetar que se imponían penas sin delito.


 - Otro positivista delirante: Raffaele Garofalo, inventor del “delito natural”. El delincuente –según Garofalo- es el enemigo interno en la paz, así como el soldado enemigo lo es en la guerra. Se deduce que la pena de muerte es parte de las reglas de juego, lo mismo que matar al soldado no es asesinato, sino servicio a la patria.
Afirmaba Garofalo que con la civilización avanzaba en refinamiento de los sentimientos de piedad y justicia, alcanzando su más alto grado en Europa, por supuesto, que se expresaban en la protección de los animales. Escribía esto mientras los sicarios de Leopoldo II mutilaban negros porque no les traían suficiente caucho. Pues bien, para Garofalo el “delito natural” sería la lesión al sentimiento medio de piedad o de justicia imperante en cada tiempo y sociedad. Es decir, los positivistas sabían que el delito era relativo…
 - Pedro Dorado Montero, positivista pero al mismo tiempo anarquista moderado. Rechazó la tesis de Garofalo, afirmando que no había ningún delito natural, sino que el estado definía arbitrariamente los delitos, pero como había hombres determinados a realizar esas conductas, lo que el estado debía hacer era “protegerlos” en instituciones a las que éstos pudiesen acudir pidiendo ayuda.
Por supuesto que nadie siguió a Dorado: ni se les ocurría poner en práctica un “derecho protector de los criminales”. Es bastante lógico que el positivismo criminológico desembocaba en un autoritarismo policial que se correspondía con el elitismo biologicista. No sólo legitimaba el neocolonialismo, sino también la represión de las clases subordinadas en el interior de las metrópolis colonialistas.
 - Sobre esto último se ocupó Gustave Le Bon, en su obra más conocida, “psicología de las multitudes”: en la multitud se neutralizaban las funciones superiores del cerebro, y ahí surgía en cada uno ese “criminal nato”, atávico, represivo, salvaje. O sea, la criminalidad era efecto de la masa. Así es que para frenar los estragos que puede llegar a ocasionar la “chusma reunida”, había que responsabilizar a los líderes (en tanto el hombre-masa también es imputable, pero en menor medida).
Como puede verse, el positivismo restauró claramente la estructura del discurso inquisitorial:
·         la criminología reemplazó a la demonología y explicaba las causas del crimen;
·         el derecho penal mostraba sus “síntomas” o manifestaciones, al igual que las antiguas brujerías;
·         el derecho procesal explicaba la forma de perseguirlo sin muchas trabas a la actuación policial (incluso sin delito);
·         la pena neutralizaba la peligrosidad (sin mención a la culpabilidad);
·         la criminalística permitía reconocer las marcas del mal (los caracteres del “criminal nato”).


domingo, 29 de abril de 2012

ZAFFARONI, E.: la cuestión criminal (comprimida) fascículo 6


Habíamos señalado que hay varios contractualismos. Digamos mejor que el contractualismo era un marco en el que se daban todas las posibles variables políticas, desde el despotismo ilustrado hasta el socialismo. Pero podía convertirse en algo peligroso para las clases altas en sociedades como la europea, que distinguía entre los más y los menos iguales, y que a la vez se iba considerando a sí misma como la mejor y más brillante de Europa y del planeta también. Los pensadores de la cuestión social no podían ser insensibles a los temores del sector social al que debían su posición discursiva dominante y, en consecuencia, comenzaron a adecuar su discurso a la exigencia de no correr el riesgo de deslegitimar al poder punitivo necesario para mantener subordinados en el interior a los indisciplinados (anarquistas, socialistas, radicales, etc.) y fuera a los colonizados y neocolonizados.



Hay dos momentos en esta tarea académica:
1) el hegelianismo penal y criminológico;
2) el positivismo racista.
1) El hegelianismo es lo que los juristas y criminólogos del siglo XIX proyectaron sobre la cuestión criminal siguiendo al filósofo alemán Hegel. Para él, la potencia intelectual de la humanidad (o sea, la “razón” que para Hegel era el espíritu de la humanidad) avanza dialécticamente, es decir, por elementos que entran en conflicto permanente, aunque creciente, y que inevitablemente estalla y se resuelve en una tercera cosa, una síntesis, que comenzará un nuevo ciclo enfrentándose con otro elemento y así…



Claro que esa “razón” tenía un apellido: europea. Quienes no alcanzaban esa razón, no podían ser libres, puesto que no eran capaces de asimilar el derecho (otra vez: el único derecho verdadero era aquel originado en la civilización occidental europea) ¿Quiénes no eran libres, entonces? Ante todo los locos, los delincuentes reincidentes –incurables-, ni tampoco los salvajes colonizados (una gran “bolsa” conceptual en la que entraban gauchos, indios, criollos y todas las gamas de mestizos).
La idea que Hegel tenía de América Latina provenía de Buffon. Para este conde éramos un continente en formación, como lo probaban los volcanes y los sismos. Como las montañas corrían al revés (es decir, de Norte a Sur en vez de hacerlo correctamente, de Este a Oeste, como en Europa), cortaban los vientos y todo se humedecía pudriéndose; por eso había muchos animales chicos y ninguno grande y todo lo que se traía se debilitaba, incluso los humanos. Para Buffon, en América toda la evolución se retardaba.



El etnocentrismo de Hegel legitimaba el colonialismo: el “espíritu” avanzaba con la colonización del planeta por la Razón europea (aunque más que un espíritu parecía un monstruo que arrasaba con todo en su avance masacrador.
Por suerte todo esto se hacía muy abstracto y no terminaba de ganar popularidad en un mundo que cambiaba con celeridad y tenía urgencias mas concretas al promediar el siglo XIX. Se necesitaba conocimientos más útiles, más acordes a la cultura del momento.
2) el positivismo reedita la metáfora del organismo –en contrapunto al “contrato”-, pero no basado en Dios, sino en la “naturaleza”, y revelado ahora por la “ciencia”.
En el contexto histórico de esta etapa –segunda mitad del siglo XIX- nos encontramos con una clase gobernante de industriales, comerciantes y banqueros enseñoreándose de la producción mundial por medio del imperialismo, creando mercados y puntos de abastecimiento donde nunca antes se habían imaginado. Al mismo tiempo, los indisciplinados sectores obreros aumentaban sus molestias en los países centrales. Ejemplo: Comuna de Paris, 1871.
Cuando fue menester contener a los explotados que reclamaban derechos en las ciudades europeas, se trasladó la experiencia política de ocupación territorial de las colonias hacia las metrópolis: las técnicas policiales de represión que usaban allá, ahora las traían acá.



Los poderes de las policías europeas aumentaban en paralelo con los reclamos de los sumergidos urbanos, pero carecían de un discurso legitimante. ¿Quiénes aparecen para brindarlo? Desde la época de Wier, los médicos estaban ansiosos por manotear la hegemonía del discurso de la cuestión criminal. Ahora ellos darían las explicaciones criminológicas sobre los delitos y los delincuentes, ayudando a identificarlos y en el mejor de los casos a tratar a estos “desviados”.
En el fondo de las explicaciones aparece con el discurso médico una categorización racista de los seres humanos: los hay superiores y los hay inferiores. Surgen los mitos nacionales arios, por ejemplo, o se reedita el mito romano imperial en Italia recién unificada.



Podemos distinguir dos principales versiones del racismo:
 - la “pesimista”: hubo una raza superior que luego se fue degradando por mezclarse con una suerte de monas que encontraron en el camino, y dieron por resultado una decadencia de la especie. Es decir, encontraban en el mestizaje la culpa de todos los problemas.
Pero este racismo pesimista no servía para el nuevo momento del poder mundial, que necesitaba deslegitimar la esclavitud para justificar el neocolonialismo y predicar el liberalismo económico pero controlar policialmente a los excluidos en los centros europeos. Surge entonces la otra versión racista, igualmente simplota y disparatada:
  - la “optimista”: la que llevaba a Darwin de lo biológico a lo social = el darwinismo social. Partiendo de que en la geología como en la biología todo avanza con propulsión a catástrofes, afirma esta versión que lo mismo sucede en la sociedad, y que cuando la catástrofe se presenta –por la razón que sea: hambrunas, epidemias, guerras- los seres humanos que sobreviven son los más fuertes y de ese modo todo va evolucionando, incluso el ser humano en la historia. Las catástrofes se cargan a los débiles: liberan entonces de lastres a la humanidad en progreso…
Vale recordar que nuestras elites criollas no sólo leían y comentaban a estos teóricos, sino que “compraban” estas teorías, y actuaban en consecuencia. La “conquista del desierto” ocurría aproximadamente en esta época.

sábado, 14 de abril de 2012

ZAFFARONI, E.: La cuestión criminal (comprimida) fascículo Nº 5


La criminología (o digamos, la disciplina que se ocupa de la cuestión criminal) logró su chapa académica, su licencia científica a fines del siglo XIX. Pero en lugar de reconocer a sus antecedentes o antepasados, los negó, como quien ningunea a un pariente impresentable. Cuando no, tildó a todo ese pensamiento de no-criminológico e incluso lo acusó de ser pura charlatanería. Y a lo poquito que aceptó con reservas lo puso todo en una misma bolsa a la que llamó Escuela clásica del pensamiento criminológico: se trataba de todo lo pensado desde el siglo XVIII hasta las últimas décadas del XIX.


Ahí adentro estaban los contractualismos. Supusieron una fuerte corriente crítica al ejercicio arbitrario del poder punitivo. Especialmente dado el discurso dominante hasta el XVIII: el rey soberano tiene poder absoluto otorgado por Dios mismo (lo certifica la Iglesia). Es el gobierno del clero y la nobleza sobre el resto de la sociedad. Esto tiene consecuencias dentro de la cuestión criminal: delito es igual a pecado; el derecho está escrito por teólogos y no por juristas; de la aplicación del derecho (tormentos, por ejemplo) para qué vamos a volver a hablar…

Decimos fuerte crítica. Aclaremos que se ejerce “desde afuera” de los poderes nobles y clericales: intelectuales pertenecientes a las clases en ascenso de industriales, comerciantes y banqueros de Europa del Norte y oriental. Mientras que en Inglaterra arraiga el utilitarismo (recordar a Bentham), en el resto del continente lo hace el contractualismo: las sociedades se basan en la firma de un contrato social entre sus miembros (y no es, entonces, obra de la gracia divina).

No importa en verdad si la fundación de la primera sociedad que existió ocurrió así o no, puesto que se trata de una metáfora para representar la esencia de la naturaleza. Esta metáfora combate con otra: nobleza y clero sostenían que la sociedad era como un organismo natural, con un reparto de funciones entre sus “miembros” que no podía alterarse ni decidir su destino por elección de la mayoría de sus células. Digamos que las células que mandan son las del cerebro y las de las uñas deben conformarse con su suerte.


Consideremos sus implicaciones: si la sociedad se basa en un contrato, entonces puede rescindirse si sus partes lo deciden soberanamente. Otra: las “partes”, en orden a que el contrato sea justo, deben ponerse de acuerdo en todas y cada una de sus “cláusulas”. O sea, lo mejor es la construcción democrática del bendito contrato.

Esta tarea supone que las partes deben conocer las cláusulas. Así como los iluministas proponían poner todo el conocimiento científico accesible a todo el mundo a través de la enciclopedia, lo mismo hubo de hacerse en torno al Derecho. El marques Cesare Beccaria, funcionario milanés, en 1764 publicó “De los delitos y las penas”, un libro en el que propuso concentrar todo el contenido de las recopilaciones caóticas de leyes que había dando vuelta en códigos. Significaba poner claridad, y que todos supiesen en base a la ley previa qué era lo prohibido y lo no prohibido, sustrayéndolo de la arbitrariedad de los jueces.
Las reformas de los iluministas se estaban poniendo en marcha: los juicios se volvieron públicos, y las ejecuciones secretas (al revés del antiguo régimen –ver a Fucó-). Fue una buena noticia la reducción de la pena de muerte y la supresión de las penas corporales (azotes; penas del talión –cortarle la lengua al perjuro, y la mano al ladrón-; tormentos varios) aunque todo esto se haya reemplazado con la privación de la libertad (recordar el panóptico).

Beccaria es importante en esto porque dedicó parte de su vida a la unificación de pesos y medidas. En la Revolución Industrial era fundamental la actividad mercantil. Asimismo, la unificación de las penas facilitaba su medida, superaba el caos previo de las penas naturales y permitía medirlas a todas en tiempo (efecto que perdura hasta el presente: jueces que tienen que decidir cuánto tiempo dejan encerrado a un condenado).

En la práctica esto no fue lo más usado: las prisiones no alcanzaban para todos; además, como eran países neocolonialistas, lo primero que hicieron fue sacarse de encima a los molestos y enviarlos a sus colonias (relegación, aplicada por Gran Bretaña y Francia)

Los contractualismos se vuelven problemáticos. Aparecen varios, pues entre los iluministas había varias ideas de la naturaleza humana. Por ejemplo: el contractualismo de Thomas Hobbes suponía que en un principio los humanos firmamos el contrato para darle todo el poder a uno sólo a fin de evitar matarnos en una guerra de todos contra todos (si observan, hay acá una consideración muy pesimista de la naturaleza humana). En cambio, para John Locke[1] el contrato significaba una garantía (legal, claro) de derechos que ya todos tenían en un presunto estado de naturaleza. Para proteger ese contrato los miembros “firmantes” le otorgaban el poder a uno… ¡pero que no vaya a abusar del poder! Abusar del poder, digamos, negando a cualquiera sus derechos, porque se activaba inmediatamente una de las garantías mas importantes: el derecho de resistencia a la opresión.




El debate entre estos ingleses se reprodujo con fineza en Alemania: ahí lo tenemos a Emanuel Kant profundizando la investigación acerca de la razón y sus límites, más cerca de Hobbes que de Locke en sus conclusiones; por otro lado aparece Anselm von Feuerbach, penalista genial, que enmendó a Kant en lo jurídico: profundizando la separación entre moral y derecho, y defendiendo el derecho de resistencia a la opresión (entonces, mas cerca de Locke que de Hobbes). Avisemos que Feuerbach fue un codificador (elaborador de “códigos”) muy inspirador: por ejemplo, del código penal Argentino.

Hay también un contractualismo versión socialista (divergente del liberal –Locke- o del otro más funcional al despotismo ilustrado –Hobbes-) que, por supuesto, introduce el aspecto de la desigualdad socio-económica entre los hombres en el áspero asunto de la política y el poder. La figura más conocida es Jean Paul Marat, el revolucionario asesinado en la ducha por su amante Charlotte Corday.




Afirma Marat su creencia en el contrato. El problema fue que luego de repartirse equitativamente el poder entre todos, al cabo unos se fueron apropiando de las partes de otros y, al final, unos pocos se quedaron con la de la mayoría. En estas condiciones, impartir la pena de muerte por ejemplo era una injusticia criminal.

En Argentina, cuando se discutió en el Senado nuestro Código Penal de 1921, había un senador socialista –Del Valle Ibarlucea- que intervino en la discusión y consiguió que en la fórmula sintética (hoy desbaratada por las enmiendas Blumberg) se incluyera como criterio la mayor o menor dificultad para ganarse el sustento propio necesario o el de los suyos, como agravante o atenuante de delitos contra la propiedad.

En este sentido, el contractualismo se volvía un poco peligroso y disfuncional para la clase burguesa en ascenso…

[1] La coincidencia con el personaje calvo de la serie Lost no es tal: es un homenaje de sus creadores al personaje histórico. Incluso en la actitud del personaje de la serie se pueden encontrar –si se leen sutilmente- las ideas de este filósofo.

martes, 10 de abril de 2012

ZAFFARONI, E.: La cuestión criminal (comprimida) fascículo Nº 4





Siempre hubo rebeldes y transgresores. Y esto no es necesariamente mala noticia. Pensándolo bien… si notamos cómo viene la mano desde las épocas de las que venimos hablando, debemos celebrar la existencia de ciertos rebeldes y transgresores (si no de todos).

Zaffaroni se ocupa en este fascículo de uno de ellos: Friedrich Spee. Ni jurista ni criminólogo, sino que destacado teólogo y poeta alemán del siglo XVII. Según sus biógrafos, parece que le encargaron a Spee la confesión de todas las brujas de su comarca antes de quemarlas. (Él pertenecía a la congregación jesuita, la que en este momento había tomado la posta de la conducción inquisitorial en varios lugares de Europa). Aseguran que, cansado de las brutalidades de las que era testigo, este pobre monje se rayó, se traumó tanto que terminó rebelándose –o por lo menos dentro de su conciencia- y en uno de sus arrebatos escribió un libro para desahogarse en una crítica severa hacia el poder inquisitorial: lo tituló Cautio criminalis.





En su obra denunció la irracionalidad del hecho inquisitorial, haciendo un llamado a la prudencia, a la “cautela”: no dudaba de la existencia de las brujas, pero juró nunca haber conocido ninguna, y que no había bruja alguna entre las mujeres que había confesado nuestro monje antes de ser quemadas. Es más –afirmó-: con el procedimiento inquisitorial ¡cualquiera podía ser condenado por brujería!

Spee no se metió a discutir –o argumentar- acerca de la gravedad de lo que estaba en juego, porque sino ahí perdía. Ningún tonto este atribulado jesuita, se dedicó a demostrar que esta guerra contra las brujas estaba matando inocentes a causa de su fallido mecanismo. Y que los inocentes no eran un simple “efecto colateral”, pues ni siquiera se estaba cumpliendo con el objetivo de salvar a la humanidad (cristiana, aclaremos).

¿Por qué sucedían estas aberraciones? Spee encontró las causas en: 
1) la ignorancia o desinformación de la población, cargada de prejuicios, quizá asustada –podríamos agregar: colonizada por el discurso criminológico inquisitorial-; 
2) a la iglesia y a sus órdenes (dominicos, jesuitas, etc.) que legitimaban esos asesinatos; 
3) a los príncipes alemanes, que dejaban hacer con impunidad y sin control ninguno a estos poderes punitivos que no eran otra cosa que súbditos de aquel.

Acá viene una denuncia mas pormenorizada de nuestro Friedrich: la corrupción. Al parecer, los inquisidores oficiales cobraban por bruja ejecutada (diríamos hoy: “iban a comisión”), y por eso se esforzaban por obtener el nombre de otra candidata para quemar, de manera que no se agotara la clientela. Que por otra parte, la quema de brujas era un espectáculo público y popular.

Último para destacar: Spee cuestiona el uso de eufemismos en las actas inquisitoriales. A manera de fe de erratas, podríamos interpretar que donde decía “confesó voluntariamente”, debió decir “cantó ya descoyuntada, agonizante y moribunda a causa de los tormentos aplicados”.

Vaya acá una conclusión: así como el Malleus… inauguró una estructura de discurso inquisitorial, así también la Cautio… hizo lo propio con el discurso crítico. Hasta hoy, cualquier discurso crítico de los más nefastos discursos legitimantes de los poderes punitivos, se ordena o estructura aproximadamente así:

1) remarca el incumplimiento de los fines manifiestos del poder punitivo;

2) denuncia la función de los medios de comunicación y de los teóricos convencionales legitimantes de disparates criminales (ayer: la Iglesia y sus órdenes);

3) fustiga la conveniencia de sacrificar chivos expiatorios por parte del poder político o económico;

4) alerta sobre los peligros de la autonomización policial (ayer: los príncipes que dejaban hacer…);

5) destapa la corrupción.

La obra de Spee pasaría sin mucha pena ni gloria, pero en 1701 sería releída y recuperada por un tal Thomasius. Comenzaba a tientas el Iluminismo, que se ensañaría contra “la superstición, la ignorancia y el error” de las épocas pasadas.

En ese siglo XVII se profundizó un fenómeno, estudiado por Foucault entre otros, que consistió en que un poder estatal cada vez más complejo se fue haciendo paulatinamente más eficaz en regular la vida del nuevo sujeto público: una cosa era el señor feudal, ya sea conde, marques, príncipe o lo que fuere, que ejercía su poder absoluto de vida y muerte –más que nada de muerte- sobre las personas que habitaban en (o circulaban por) su territorio; pero otra cosa más sutil y siniestra es ese mismo poder ejercido ahora por estados absolutistas a través de corporaciones de sabios especialistas.

Corporaciones estatales, digamos: grupos de especialistas nominados como secretarios, ministros, etc., que pasaron a encargarse de la economía, de las finanzas, de la educación, de la salubridad pública[1]… hoy diríamos “agencias estatales”, que van construyendo un discurso propio, saber o ciencia que se alimentó desde las universidades. Discursos expresados cada vez más en dialectos sólo comprensibles para quienes pertenecen a la respectiva corporación. ¿Las consecuencias? Se hacen tan peligrosas e incluso letales como inaccesibles al entendimiento de los legos o inexpertos.



¿Otras consecuencias? Las sociedades se verticalizan, como ya lo habíamos marcado. Sobre la segunda mitad del siglo XVIII fue tomando cuerpo, particularmente, el discurso del derecho penal liberal. El poder político va ganando en complejidad y en implacabilidad.

Como vemos, no todo es buena noticia acerca de esta etapa a la cual los manuales de historia connotan positivamente como “la era de la ciencia” bajo el auspicio de los iluministas y la Enciclopedia, o “el surgimiento del espíritu republicano” con las rareza de la democracia.

La prueba cabal de discursos especializados en regular la vida entera del sujeto público se encuentra en otro pensador señero, el inglés Jeremy Bentham, figura de la corriente utilitarista. Este filósofo social concebía a la sociedad como una gran escuela en la que debía imponerse el orden, o sea, que la clave era la disciplina, para la cual el gobierno debía repartir premios y castigos. Los premios depararían felicidad y los castigos dolor. Hasta acá una enorme obviedad. Surge para el mismo Bentham un problema: hay personas que se empeñan en cometer delitos, o sea, ¡elegían el dolor!... como si fueran niños díscolos que creían poder eludir los castigos. Precisamente en ellos la disciplina debía aplicarse con mayor dedicación. A esos, una vez atrapados por el poder, se los encarcelaría en una novedad arquitectónica que se la debemos a Bentham: el panóptico. Un edificio con estructura radial, para que el preso (y más tarde el obrero / alumno / oficial / interno) sepa que será observado desde el centro y por mirillas en cualquier momento. De este modo, se le introduciría el orden y al final resultaría él mismo su propio vigilante [cualquier similitud con el Gran Hermano no es pura coincidencia].





Curiosidad histórica: Bentham regalaba su modelo para que sea aplicado por cualquier empresario de cualquier parte del mundo, sin amagar a cobrar derechos de autor. Así es que hubo panópticos en muchos lugares, también en América Latina (a veces semi-radiales porque el presupuesto no alcanzaba) y nuestro Bernardino Rivadavia fue uno de los que se carteó con el humanitario inglés.

[1] Recordar a Wier.

viernes, 6 de abril de 2012

ZAFFARONI, E. La cuestión criminal (comprimida) fascículo Nº 3



Hay algo que decir acerca de la Inquisición. Los demonólogos elaboraron un discurso muy armado para liberar su poder punitivo de todo límite. Y lo hicieron con éxito. Y ese éxito se sostuvo no por el contenido de lo que plantearon, sino por su “estructura”: lo que sobrevivió hasta hoy a la caída de la Inquisición es la estructura del discurso inquisitorial.
Sería más o menos así: 
1º) se alega la emergencia de una amenaza extraordinaria que puede acabar con la humanidad; 
2º) se exigen poderes extraordinarios (o sea, eliminar obstáculos al poder punitivo) para “salvar” a la humanidad; 
3º) todo el que se oponga u objete ese poder es un enemigo, un cómplice o un idiota útil: en cualquier caso, hay que sacarlo del medio porque estorba.
En el caso de la Inquisición, la amenaza fue obviamente inventada. Alguien puede objetar que también de vez en cuando aparecen peligros reales… pero se resuelven por otros medios: nunca el poder punitivo resolvió una amenaza real. Satán, terrorismo, narcotráfico, sífilis, tuberculosis... Antes que eso, el efecto del poder punitivo desbocado fue instalar un estado de paranoia colectiva. Y en el peor de los casos terminar desatando masacres.



La primera gran manifestación de esta estructura inquisitorial fue el tratado demonológico llamado Malleus Maleficarum, publicado en 1484. Se convirtió en la guía oficial de los quemadores de mujeres. Fue el libro más impreso luego de la Biblia. También fue el delirio mejor sistematizado que integró la criminología, el derecho procesal penal y la criminalística de aquella época.
Su contenido se puede resumir en algunos núcleos:
1) el crimen que provoca la emergencia es el más grave de todos (por lo tanto, el poder que lo combatirá debe ser el más fuerte).
2) la emergencia sólo puede ser combatida mediante una guerra.
3) su frecuencia es alarmante (“están por todos lados”), entonces hay que estar alerta.
4) el peor criminal es quien duda de la emergencia (pues duda, por extensión, del poder establecido).
5) debe neutralizarse cualquier fuente de autoridad que diga lo contrario.
6) se invierte la carga de la prueba: la mujer acusada debe demostrar su inocencia. Y los torturadores deben ser inexorables y para nada ingenuos: si la bruja no canta, es porque el diablo le da fuerzas; si muere en el proceso, es porque el diablo se la llevó para que no cantara; si enloquece y ríe, es Satán que se está burlando de los inquisidores…



7) el delirio sirve de coartada para encubrir muchos delitos: no hay que se ingenuos. personas atrapadas in fraganti van a alegar “encantamiento” del demonio…
8) los enemigos son inferiores, y los inferiores pueden inflar las filas de enemigo: mujeres, mestizos, mulatos, degenerados, defectuosos, enfermos, etc. ¡Cuidado con ellos!
9) la inferioridad puede extenderse: cabe limitar la disgenesia.
10) las víctimas no debe colocarse en situación de vulnerabilidad, porque los vicios favorecen la acción de Satán.
11) si nos distraemos, el enemigo aprovechará la situación: es obligatorio evitar que decaiga el nivel de paranoia.
12) los inquisidores niegan los daños colaterales: no hay terceros inocentes.



13) los inquisidores son infalibles, y más si son puros: son los que ven claras las cosas.
14) como son infalibles, la condena de un inquisidor es prueba suficiente
15) los inquisidores se eximen de toda ética frente al infractor o la bruja.
16) también son inmunes al mal que combaten: Satán no puede engañarlos porque Dios no lo permitiría.
17) el mal tiende a prolongarse.
18) el Malleus garantiza la reproducción de la clientela: a la mujer no se la torturaba para que confesase, sino para que revelase en nombre de sus cómplices. La mera mención de un nombre bajo tortura autorizaba a torturar también a la persona nombrada. (Toda emergencia cuida que la clientela no se agote).
La corporación médica también le tuvo ganas al poder punitivo de estos demonólogos. Johann Wier, un médico protestante, alarmado por la guerra de la ciudad de dios contra la ciudad del diablo, en 1563 pujó por salvar a las brujas de las hogueras para meterlas en asilos. A la Iglesia no le cayó nada bien la propuesta; ni a los soberanos de los estados absolutistas que estaban naciendo o consolidándose conforme el Papa ya no quemaba brujas porque ahora lo hacían las agencias punitivas de los reinos.



Entonces, no es nueva la disputa entre las demandas de pena de muerte, mano dura y tolerancia cero frente a quienes promueven la psiquiatrización de los “desviados”.